Durante buena parte del siglo XIX, la Puerta del Sol fue un gran salón lleno de cafés. Algunos ocupaban pequeños locales y otros se extendían por plantas enteras, con espejos, mesas de mármol, billares y decenas de camareros.
No se acudía únicamente a tomar una bebida. En los cafés se leían periódicos, se recibían visitas, se escribían artículos, se discutía de política y se cerraban negocios. Antes de la radio, la televisión y las redes sociales, eran uno de los lugares en los que Madrid se enteraba de lo que estaba ocurriendo.
Una nueva forma de reunirse
Los cafés permitían permanecer durante horas en un espacio público cubierto. Por el precio de una consumición, el cliente podía utilizar la luz, la calefacción, los periódicos y una mesa en la que conversar o trabajar.
La Puerta del Sol ofrecía una clientela inagotable. Por allí pasaban viajeros, funcionarios, comerciantes, militares, periodistas y escritores. La Casa de Correos recibía las cartas, Gobernación concentraba la actividad política y los hoteles alojaban a quienes llegaban de fuera.
Los cafés conectaban todos esos mundos.
La reforma de la plaza entre 1857 y 1862 creó grandes locales comerciales con amplios escaparates. La iluminación de gas permitió alargar los horarios y algunos establecimientos apenas cerraban.
El Café Universal
El Café Universal se encontraba en uno de los edificios del arco y era conocido como el café de los espejos. Las paredes reflejaban las lámparas, las mesas y el movimiento de los clientes, haciendo que el salón pareciera todavía mayor.
En sus mesas se reunían periodistas, políticos y escritores, pero también personas que acudían simplemente a observar quién entraba y salía. Desde los ventanales podía verse el tráfico de la plaza sin abandonar el asiento.
Las tertulias no necesitaban una organización formal. Un grupo ocupaba habitualmente la misma mesa, acudía a una hora determinada y acababa convirtiendo aquel espacio en una especie de domicilio público.
El Café de la Montaña
El Café de la Montaña ocupó la planta baja y parte del entresuelo del Hotel de París. Tenía accesos desde Sol, Alcalá y la Carrera de San Jerónimo y podía albergar varias tertulias al mismo tiempo.
El episodio más conocido ocurrió en julio de 1899. Ramón María del Valle-Inclán discutió con el periodista Manuel Bueno y recibió un golpe de bastón en el brazo izquierdo. La herida se infectó y los médicos tuvieron que amputarlo.
La manga vacía terminó formando parte de la imagen pública del escritor. El origen estuvo en una discusión desarrollada bajo las habitaciones de uno de los mejores hoteles de Madrid.
Los cafés de La Fonda
En los bajos del edificio de La Fonda de los Príncipes funcionaron establecimientos como el Café Oriental y el Café de Correos.
El segundo tomaba su nombre del edificio situado al otro lado de la plaza y era frecuentado por funcionarios, periodistas, estudiantes y escritores. Entre sus clientes se encontraban Azorín y el cronista madrileño Pedro de Répide.
La relación entre hotel y café era natural. Un huésped podía bajar desde su habitación y encontrarse dentro de una tertulia; un madrileño podía entrar desde la calle y compartir salón con viajeros recién llegados de otros países.
Mientras las plantas superiores alojaban a los visitantes, los bajos mantenían el edificio despierto durante buena parte de la noche.
El final de los grandes cafés
A comienzos del siglo XX, la vida urbana empezó a cambiar. La Gran Vía creó un nuevo eje de hoteles, teatros y comercios. La radio llevó las noticias a las casas y el teléfono redujo la necesidad de acudir siempre al mismo lugar para encontrarse.
Los nuevos bares funcionaban con mayor rapidez y ocupaban locales más pequeños. En lugar de permanecer durante horas alrededor de una mesa, los clientes tomaban café de pie y continuaban su camino.
La Guerra Civil y la posguerra aceleraron la desaparición de los grandes establecimientos. Sus enormes salones resultaban difíciles de mantener y muchos fueron sustituidos por bancos, tiendas y oficinas.
La Mallorquina, abierta en 1894, es uno de los pocos negocios históricos que continúa en la plaza, aunque pertenece más a la tradición de las pastelerías y salones de té que a la de las antiguas tertulias políticas.
Los cafés de Sol desaparecieron, pero dejaron una idea que todavía puede reconocerse: la plaza no era solo un lugar para atravesar. También era un lugar en el que sentarse para observar Madrid.
Preguntas frecuentes
¿Qué cafés históricos hubo en la Puerta del Sol?
¿Queda algún café del siglo XIX en la Puerta del Sol?
¿Dónde perdió el brazo Valle-Inclán?
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